domingo, 17 de noviembre de 2013

Bases biológicas de la percepción del error

   Para los que nos pasamos la infancia destrozando aparatos y juguetes intentando comprender en vano su funcionamiento queda, pasados unos años, un impulso de curiosidad por explicar cómo y por qué pasan las cosas, qué razones últimas se esconden tras los más variados procesos de cualquier naturaleza. En mi intento por unir psicología y orientación, me he documentado para aprender cuáles son las bases biológicas de la percepción del error e intentar también saber si pueden existir diferencias entre distintos individuos a la hora de percibir los errores que se pueden cometer en la práctica de la carrera de orientación.

   Si, así es, esta entrada no va de competiciones u otras actividades en las que haya participado y tampoco va de planos o cartografía en general. Se trata de unas de esas prolijas entradas que a la mayoría pueden parecer muy técnicas y aburridas. Lo siento. Así como se pueden compartir o no mis comentarios acerca de algunas carreras en las que he participado, también se puede compartir o no mi interés por este tipo de temática. No se puede dar gusto a todos pero me apetecía compartir este tipo de información.

   Los errores son inherentes a la práctica de la orientación. Su naturaleza y origen son diversos, pero no es mi deseo enumerarlos, describirlos o clasificarlos en esta entrada, tal vez en otra. Las carreras totalmente libres de errores son prácticamente una utopía. La exigencia en el nivel de ejecución ha llegado a tales extremos que ya somos capaces de considerar pérdidas de tiempo por errores cometidos inferiores a un minuto cuando, hace no tantos años, cualquier error menor de 60 segundos no era considerado como tal; no al menos en una carrera “clásica”. La aparición de modalidades como el “sprint” o la “media” abundan en la importancia que hoy en día se puede dar a pequeños errores de ejecución que dan lugar a pérdidas de tiempo de pocos segundos. Cuando la suma de “micro-errores” genera una pérdida total de unos pocos minutos pero es suficiente para dejarte fuera de una clasificatoria, podium, o la victoria en una carrera, la cosa no parece tan nimia y se torna en un aspecto en el cual fijar la atención para tratar de reducir al máximo ese maldito “goteo” de segundos perdidos.

   Nuestro cerebro dispone de un refinado sistema de vigilancia que permite no sólo corregir al instante pequeños errores, sino también aprender de ellos. Si dicho sistema de control interno funciona con normalidad, los errores pueden convertirse en beneficiosos, pues proporcionan al cerebro valiosas informaciones sobre la forma de ordenar nuestros actos. Es por ello que debemos aprender a no magnificar nuestros errores sino a percibirlos como una oportunidad de aprendizaje y mejora, así como un “toque de atención” que nos devuelva al estado de motivación óptimo durante el desarrollo de una competición.

Electro-error 001

   ¿Qué se considera una actuación errónea? Con esta expresión se define toda conducta dirigida a un fin que trae como consecuencia un resultado no deseado. Cuando existe discrepancia entre lo que se pretende y lo que se realiza se está ante un acto erróneo. ¿Qué ocurre en nuestro cerebro cuando reconocemos haber cometido un error? Las investigaciones dirigidas por Michael Falkenstein en la Universidad de Dortmund concluyeron que, tras cometer un error, el encefalograma del sujeto objeto de estudio mostraba una caída del potencial eléctrico del lóbulo frontal en unos 10 milivoltios. Posteriormente, William Gehring, de la Universidad de Illinois, denominó a este efecto “NEGATIVIDAD DEL ERROR”. Dicho efecto alcanza su máximo al cabo de 50 a 100 milisegundos. Estas alteraciones en la actividad eléctrica cerebral aparecen no sólo ante errores cometidos al tomar una decisión precipitada sino que también se dan en decisiones equivocadas tomadas en situación de inseguridad.

Cerebro-error 001

   Modernas técnicas de tomografía por resonancia magnética funcional han permitido localizar el lugar exacto dónde se sitúa el reconocimiento de errores. Se trata del CÓRTEX FRONTOMEDIAL POSTERIOR. Curiosamente, dicha zona no sólo se activa cuando se comete un error sino también en situaciones en las que se está en riesgo de llevar a cabo una acción equivocada. Es decir, se excita en circunstancias conflictivas, en las que se pueda requerir una conducta rigurosamente correcta. En el caso de la orientación, esto significa que la zona referida se mantendrá activa mientras nuestro “semáforo” tenga la luz amarilla y/o roja (técnica del semáforo), o incluso casi todo el tiempo si la carrera discurre por un terreno especialmente técnico, etc..

   Lamentablemente, la mayoría de las personas reducen el ritmo de sus acciones después de cometer un error. Así pues, se da un “enlentecimiento post-error” que sirve para analizar de forma más exhaustiva la tarea que se está realizando y ejecutarla sin errores. Y digo lamentablemente porque en plena competición no sobra el tiempo como para pararse a analizar los errores, esto debe hacerse con posterioridad, una vez la carrera ya ha terminado. Tras un error lo que procede es solucionarlo lo más rápida y eficazmente posible pero sin bajar el ritmo, a no ser que esto sea necesario ante la posibilidad de que, de no hacerlo, las consecuencias puedan ser nefastas dado un notable desequilibrio emocional, es decir, que se produzca una pérdida de motivación o un aumento excesivo del nivel de “stress” necesario para el normal desarrollo de la carrera.

   A menudo se menciona el dicho de que “el cerebro es química” y en esta ocasión la sustancia química implicada en el proceso de aprender de nuestros aciertos y nuestros errores es la DOPAMINA. Diversas investigaciones atestiguan que la actividad de las neuronas productoras de dicho neurotransmisor aumenta cuando una tarea culmina con éxito. Esto implica el que una carrera prácticamente libre de errores equivalga a un subidón de dopamina.

   El modo en que afrontamos como orientadores/as los errores en competición es susceptible de mejora mediante el entrenamiento, tanto físico, técnico, táctico y estratégico como mental. Hay que cuidar todos los aspectos relacionados con la ejecución de los procesos implicados en el hecho de practicar la orientación porque cabe concluir que el aprender de nuestros errores es factible pero, ¿tienen los genes algo que ver con el hecho de adquirir inteligencia mediante la experiencia? Pues si, en 2007 Tillmann Klein descubrió que las diferencias en el aprendizaje no sólo se pueden presentar en pacientes con la enfermedad de Parkinson (esta enfermedad se caracteriza por la destrucción de neuronas productoras de dopamina), sino en todas las personas. Existe un gen que determina la cantidad del receptor dopamínico D2 en las neuronas del cerebro. Más o menos un tercio de la población centroeuropea es portador de una variante llamada A1, que condiciona la presencia de una cantidad inferior de receptores D2 en la membrana de las neuronas. Los cerebros de estos individuos compensan tal déficit con un aumento de la síntesis de la dopamina. Si trasladamos esto a la orientación, aquellas personas portadoras de la variante A1 tardarían más en identificar las causas que les han llevado a cometer un error, no relacionando el mismo con una equivocada relación velocidad de carrera-lectura del plano, por ejemplo. La experimentación con imágenes de tomografía por resonancia magnética funcional viene a confirmarlo: En los portadores de la variante A1, el centro de control de los actos (corteza del área frontomedial posterior) apenas se estimula tras cometer un error; es más, el hipocampo (que desempeña una función principal en la facultad de la memoria) persiste inactivo. De todos modos no se puede concluir de forma tajante el que los portadores de la variante A1 estén incapacitados para conocer la fuente de sus errores. Este rasgo genético puede condicionar, pero no determinar, una conducta dada.

   Y para terminar enunciaré el Principio de Peter, y que dice: “Se pueden evitar los errores acumulando experiencia. Se acumula experiencia cometiendo errores”. Veamos los errores como una oportunidad para aprender y no como una fracaso insoslayable.

   Bibliografía: Artículo de Markus Ullsperger publicado en la revista “Mente y cerebro” 36, mayo-junio 2009. Pag:70 – 74.