Casi sin darnos cuenta, hemos sido testigos de una verdadera revolución en el mundo de la carrera de orientación a nivel de alta competición. Coincidiendo con el cambio de siglo aproximadamente, se ha podido comprobar cómo una tendencia mantenida en la orientación desde sus inicios ha dado un giro espectacular.
La tónica general dentro de las competiciones de orientación es que éstas fueran ganadas en las categorías de élite por personas de mediana edad que, ya en una segunda juventud (de 25 a 35 años), atesoraban la experiencia suficiente como para mostrar una avanzada madurez mental así como una más que asentada capacidad técnica.
De alguna manera se aunaba una gran madurez mental y una, todavía, estupenda condición física, ingredientes ambos necesarios para alzarse con el triunfo en las categorías más exigentes de cualquier competición. Se pueden citar algunos ejemplos de quienes fueron los últimos representantes de aquellos campeones “maduros” que de un modo progresivo vieron cómo su hegemonía daba paso al acceso a los podios a corredores/as bastante más jóvenes:
En Finlandia encontramos a Eija Koskivaara y Timmo Karppinen; en Suecia a Gunilla Svard y Jorgen Martensson y en Noruega a Anne Staff y Bjornard Valstad. Y en España también se dio el mismo proceso, no quiero dar ejemplos que luego se me ofende la gente por nombrarles o por todo lo contrario. Dicho esto, hay que darse cuenta de que estos y otros orientadores/as no aparecieron de la nada, sino que también fueron exitosos corredores en años anteriores a alcanzar triunfos en campeonatos del mundo. A su vez, tras dar paso a nuevos ganadores en las más importantes competiciones, han continuado siendo corredores muy activos, pero ya en otras categorías.
A conseguir que la edad de los campeones fuera cada vez más baja se llegó gracias a varios factores: Por una parte, niños y niñas se integraban en planes de entrenamiento específico de clubes y federaciones, cosa que antes apenas sucedía. También se mejoró la preparación mental de los corredores/as con entrenamiento de corte psicológico aplicado. Este factor conseguía reducir el tiempo necesario de “maduración”; el idóneo estado mental que antes se conseguía en no menos de 12-15 años, en la actualidad se consigue en un menor plazo de tiempo.
Evidentemente, reducir un hecho tan relevante a un sólo factor no parece lógico, pero no creo exagerar cuando digo que el más determinante de todos los factores es el último que se ha citado. El entrenamiento mental específico, así como una más temprana asimilación e interiorización de la técnica, ha llegado a reducir el tiempo necesario para alcanzar el bagaje necesario en aras de disfrutar de una madurez y recursos mentales necesarios para llegar a las más altas cotas del éxito competitivo.
Cabe preguntarse hasta que punto es ético el que padres y/o entrenadores proyecten sus particulares anhelos en sus hijos y/o pupilos. Cabe preguntarse si es positivo el que se coarte la libertad y capacidad de decisión de personas a quienes se les condiciona bastante antes de llegar a la mayoría de edad para encaminarlas a un fin concreto. Particularmente creo que estamos ante un caso en el que los beneficios para el crecimiento personal dados los principios que se transmiten con una actividad deportiva así como los beneficios físicos y psíquicos que se adquieren con la práctica y entrenamiento de la orientación justifican, en pos de una correcta educación, el que se “adelante” cronológicamente el proceso de formación de un niño o niña como orientador u orientadora. Eso si, sin olvidar que la virtud se halla en el término medio y que siempre hay que respetar la libertad del individuo.